Viajeros: Carlos Segovia, su esposa Aurora, Ana Ledesma y Miguel Gutiérrez.
Temprano, pero no al amanecer, salimos el viernes de Sevilla, cargados de equipaje y de ilusión para estar cuatro días viendo pájaros, cuantos más mejor. Y con la firme voluntad de pasarlo bien juntos y estar a gusto. Que no es poco.
Nos esperaban muchos kilómetros por la autovía de la Plata y para dosificarlos hicimos parada para desayunar, como siempre, en Torremejía, poco antes de Mérida. Con el estómago lleno nos dirigimos a buscar el piquituerto en los pinos de Candelario, bello pueblo al que se llega cruzando antes Béjar. Después de mirar y mirar entre las acículas de los pinos los vimos en la plataforma. Un ejemplar incluso muy cerca del hotel El Travieso.
Satisfechos con las observaciones decidimos internarnos en un camino y almorzar entre pinos aprovechando el buen tiempo que se preveía empeorase en los próximos días. El sonido del tamborileo de un pico picapinos nos llevó, con paciencia y suerte, hasta él. Como sobremesa tomamos café y paseamos por Candelario. Observamos con curiosidad las batipuertas, con su aspecto que recuerda un burladero taurino y que se usaban en la matanza tradicional del cerdo. Y el sistema de canales por donde circula el agua a lo largo de sus calles, con compuertas para dirigirla a donde se quiera.
Batipuerta (foto de Francisco Miguel Gutiérrez)
El recorrido final hacia Villafáfila lo hicimos por carreteras secundarias desde Zamora, hasta donde llega la autovía de la Plata. La visión de los primeros palomares, muchos abandonados, diseminados en un paisaje de relieve suave y horizontes amplios nos indicaba que estábamos en la Tierra de Campos zamorana.

Palomar (foto de Carlos Segovia Espiau)
La escasez de piedra o su difícil extracción hizo del barro el material de construcción más usado. Su gran capacidad aislante le hacía muy apropiado en lugares como en el que estábamos, con veranos muy calurosos e inviernos con fuertes heladas nocturnas.
Teníamos ganas de aves esteparias y ‘’cayeron’’ las primeras avutardas. Con su observación descubres que el relieve no es tan llano como parece sino que está lleno de suaves lomas, y es en las crestas donde se suelen situar siempre vigilantes las avutardas.
Cruzamos Villarrín de Campos y nos desviamos a Otero de Sariegos. En uno de sus palomares de barro derruidos se pueden observar las paredes con nichos para albergar los nidos.
Disfrutamos de muy buena luz para ver desde su observatorio la laguna Salina Grande, la mayor laguna de la reserva con unas 200 hectáreas en años de lluvias. Las buenas temperaturas, como una primavera adelantada, de los últimos días de febrero nos confirmó lo que temíamos: apenas quedaban gansos.
Al entrar en Villafáfila la tranquilidad de sus calles hace difícil imaginar el ajetreo político de aquellos días de 1506 en los que Fernando el Católico firmó, en la desaparecida iglesia de San Martín, la llamada Concordia de Villafáfila. Renunciaba al trono de Castilla y reconocía la incapacidad mental de su hija Juana. Acababa así el litigio con su yerno Felipe el Hermoso, que negoció y ratificó el acuerdo en la cercana Benavente, y éste se convertía en Felipe I. Su reinado fue corto porque murió ese mismo año y Fernando el Católico recuperó la gobernación y la regencia del Reino de Castilla.
Pasamos la noche en el bueno y económico hostal Los Ángeles, y cenamos magníficamente en El Palomar, con el trato afectuoso e inmejorable de don Jesús Rodríguez. Además, allí puedes comprar productos de la tierra. Visita obligada siempre para nosotros.


Avutardas (fotos de Carlos Segovia Espiau)
La mañana del sábado, temprano, salimos a buscar avutardas por las cercanías de Revellinos del Campo tomando carriles a la izquierda de la carretera hacia Villalpando. Desde la misma carretera ya empezamos a verlas en el horizonte. A nuestra derecha quedaba la laguna de Barrillos. Ya en los caminos empezó un espectáculo inolvidable de decenas de avutardas, siempre cautas y lejanas pero alcanzables con nuestros telescopios. Algunos machos comenzaban a hacer las primeras ruedas y el blanco de su plumaje destacaba incluso a simple vista.
A media mañana cambiamos a la zona de Villarrín de Campos por los carriles que salen desde Otero de Sariegos. Más y más avutardas pero ni rastro de las lechuzas campestres que vimos a principios de enero. En unos árboles sin hojas se concentraron unos gorriones que, queriendo que fuesen morunos estirando un poco su área de distribución hacia el norte, resultaron ser molineros y chillones juntos.
Los caminos son un laberinto pero nos manejamos bien por ellos con la ayuda de la cartografía, que para todo viaje siempre lleva Carlos. Decidimos comer en un pequeño pinar porque el tiempo lo permitía. Nos llamó la atención que la soledad del lugar era tal que ni siquiera se oía el más mínimo ruido lejano de actividad humana.
Volviendo a Otero de Sariegos la intención esta vez era llegar a la Casa del Parque desde los carriles que hay a su espalda. Después de observar zarapitos reales, unas inesperadas avutardas nos sirvieron de referencia para contemplar con deleite un bando de ortegas que se posó cerca de ellas después de un rápido vuelo. También estaban cerca unos escasos chorlitos dorados, quizá rezagados en su migración al norte, o tal vez hacían escala. Poco antes de cerrar llegamos a la Casa del Parque y allí observamos un ánsar careto grande que se ha quedado como un residente más.
Llegamos algo tarde a Fuentes de Nava y pasamos la noche en el muy recomendable hotel rural Estrella de Campos, con habitaciones impecables. Antes de acostarnos, en el silencio de la noche oímos los maullidos de dos mochuelos.

Laguna de La Nava al amanecer (foto de Francisco Miguel Gutiérrez)
El domingo muy temprano por la mañana salimos a ver la laguna de la Nava. Muchos patos, un bando de gansos en vuelo, más avutardas y un grupo de combatientes como preludio del paso primaveral. Volvimos al hotel a desayunar y recoger el equipaje. Nos contó Juan Carlos que el hotel es visitado por pajareros, por caminantes del Canal Castilla, etc. Y nos quedamos con ganas de seguir allí más días.

Gorrión molinero en La Nava (foto de Francisco Miguel Gutiérrez)
En Boada del Campo entramos en el centro de interpretación de la laguna y allí nos recomendaron un recorrido distinto al que lleva al observatorio porque desde éste tendríamos el sol de cara. La observación no fue fácil porque los patos eligieron, para llevarnos la contraria, la proximidad del observatorio, es decir, lo más alejado de nosotros.
Fuimos después a descubrir, porque no la conocíamos, la laguna de Pedraza y nos sorprendió su tamaño, una gran cantidad de patos, unas agujas colinegras y zarapitos reales. El viento, que nos había perdonado hasta entonces, soplaba trayendo el frío pronosticado. Buscamos la protección de su observatorio y almorzamos.

Castillo de Ampudia (foto de Francisco Miguel Gutiérrez)
Iniciamos la vuelta a Sevilla. Pero antes hicimos una parada en Ampudia para pasear por sus calles y contemplar su imponente castillo. Nos decidimos, sobre la marcha, por Gredos. Descartamos la Moraña y renunciamos a los sisones que, como en la Serena en diciembre, nos fueron esquivos.
Cuando la temperatura se acercaba a los cero grados llegamos a San Martín del Pimpollar. Con la inestimable ayuda de su farmacéutica descubrimos el Yantar de Gredos. Todo un acierto cenar en su bar, que pusimos a prueba poco antes de que sus dueños, Cristina y Daniel lo inaugurasen. Superaron la prueba con sobresaliente. Y dormir en sus acogedoras habitaciones es otro placer. Indudablemente merece la pena volver pero sabiendo que los fines de semana te enfrentas a los madrileños, que conocen bien el lugar.

Nieve en Gredos (foto de Francisco Miguel Gutiérrez)
El pronóstico del lunes era que la temperatura bajase algunos grados de cero con la sensación térmica de 4-5 grados menos de lo que indicara el termómetro. No tuvimos, pues, mucha prisa en salir por la mañana. En San Martín ya nos cayeron los primeros copitos mientras montábamos los telescopios.
Pasado el parador, nada más llegar a Navarredonda de Gredos tomamos una carretera a la izquierda para llegar a las orillas del río Tormes. El viento arreciaba formando una pequeña ventisca que disminuía la visibilidad y cualquier actividad razonable a la intemperie. Tomamos la carretera de la plataforma y allí un desconcertante bisbita nos mantuvo intrigados hasta que el frío nos venció. Sin duda habíamos llegado al punto álgido de viaje en el sentido etimológico de la expresión.
Al bajar, afortunadamente, el tiempo mejoró y dejó de nevar, incluso salió el sol. Con él la actividad de los pájaros despertó y disfrutamos de las típicas especies forestales, de las que destacamos unos lúganos y varios pitos reales.
El frío se hizo algo más soportable pero seguía siendo tal que desaconsejaba el almuerzo al aire libre. Era recomendable, necesario, comer caliente. Camino de Hoyos del Espino encontramos La Galana, buen sitio para reponer tus calorías, por dentro y por fuera.
Salimos poco después de comer porque teníamos que alcanzar la vía de la Plata desde Plasencia. Y de allí a Sevilla.
El camino, al principio, nos lo pasamos pensando y planeando repetir el año que viene porque estos cuatro días nos han sabido a poco. Y cuando ya estábamos por Trujillo nuestros planes se hicieron más cercanos, para abril, porque volveríamos pronto a la cita obligada con Monfragüe. Pero ese relato está aún por vivir.
Lista de especies observadas
Agateador común (Certhia brachydactyla)
Aguilucho lagunero (Circus aeruginosus)
Aguilucho pálido (Circus cyaneus)
Aguja colinegra (Limosa limosa)
Alondra común (Alauda arvensis)
Ánade friso (Anas strepera)
Ánade rabudo (Anas acuta)
Ánade real (Anas platyrhynchos)
Ánade silbón europeo (Anas penelope)
Ánsar careto (Anser albifrons)
Ánsar común (Anser anser)
Avefría (Vanellus vanellus)
Avoceta (Recurvirostra avosetta)
Avutarda (Otis tarda)
Bisbita sp. (Anthus sp.)
Buitrón (Cisticola juncidis)
Calandria común (Melanocorypha calandra)
Carbonero común (Parus major)
Carbonero garrapinos (Parus ater)
Cerceta común (Anas crecca)
Cernícalo vulgar (Falco tinnunculus)
Chorlito dorado europeo (Pluvialis apricaria)
Cigüeña blanca (Ciconia ciconia)
Cigüeñela (Himantopus himantopus)
Cogujada sp. (Galerida sp.)
Colirrojo tizón (Phoenicurus ochruros)
Combatiente (Philomachus pugnax)
Corneja (Corvus corone)
Cuervo (Corvus corax)
Escribano montesino (Emberiza cia)
Escribano palustre (Emberiza schoeniclus)
Estornino negro (Sturnus unicolor)
Estornino pinto (Sturnus vulgaris)
Focha común (Fulica atra)
Garza real (Ardea cinerea)
Gaviota reidora (Larus ridibundus)
Golondrina común (Hirundo rustica)
Gorrión chillón (Petronia petronia)
Gorrión molinero (Passer montanus)
Herrerillo capuchino (Parus cristatus)
Jilguero (Carduelis carduelis)
Lavandera blanca (Motacilla alba)
Lúgano (Carduelis spinus)
Milano real (Milvus milvus)
Mirlo común (Turdus merula)
Mochuelo común (Athene noctua)
Mosquitero sp. (Phylloscopus sp.)
Ortega (Pterocles orientalis)
Paloma torcaz (Columba pallumbus)
Pardillo común (Carduelis cannabina)
Pato cuchara (Anas clypeata)
Perdiz común (Alectoris rufa)
Petirrojo (Erithacus rubecula)
Pico picapinos (Dendrocopos major)
Pinzón vulgar (Fringilla coelebs)
Piquituerto común (Loxia curvirostra)
Polla de agua (Gallinula chloropus)
Porrón común (Aythya ferina)
Porrón moñudo (Aythya fuligula)
Rabilargo (Cyanopica cyana)
Ratonero común (Buteo buteo)
Ruiseñor bastardo (Cettia cetti)
Somormujo lavanco (Podiceps cristatus)
Tarabilla común (Saxicola torquata)
Tarro blanco (Tadorna tadorna)
Tórtola turca (Streptopelia decaocto)
Trepador azul (Sitta europaea)
Triguero (Miliaria calandra)
Urraca (Pica pica)
Zampullín común (Tachybaptus ruficollis)

