El vínculo definitivo de Carlos Segovia

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En el campo, era 7 de enero a mediodía y soplaba viento frío. Esta vez no fue Carlos quien ofrecía licor de guindas para todos. No eran suyos los prismáticos desenfundados, alerta siempre. No fue quien anunció el primer buitre negro avistado. No ocupaba su silla plegable, ni tampoco descorchó él la primera botella de vino, ni la sirvió en copas de cristal. No era él quien trajo la tabla para cortar su queso; tampoco recordó para los demás sus anécdotas. Ni se encargó en esta ocasión de preparar con esmero la logística para otro inolvidable día de campo. Porque así fue el día en que se esparcieron sus cenizas: emocionante e intenso. Inolvidable, sí.

A los que allí estábamos, familia y amigos, había añadido Carlos, en su vida plena, gotas de su licor de expedición. Generó un vínculo con cada uno de nosotros que, además, es vínculo común que nos une y nos identifica ya. Así que todo lo que sucedió en esas horas, las conversaciones y los gestos, el escenario y las formas, no sólo recordaba a Carlos, más bien de él estaba todo impregnado. Era 7 de enero en Sierra Pelada y ojalá nunca hubiéramos disfrutado de ese rato pletórico nosotros, la herencia afectiva de Carlos.

Nos deja un mundo más interesante. Eso dijo nuestro amigo Ricardo Coronilla, con serena emoción, para brindar juntos al cielo. Antes había hablado la familia Villar, a la que no encontraremos en el árbol genealógico de Carlos, sino en el paisaje serrano más emocional. No se rompe, dijeron con el corazón dolorido, porque hasta ese punto lleva al corazón la ausencia. No se rompe: otra vez el vínculo inquebrantable de Carlos con los suyos.

Aurora, su mujer, esparció las cenizas de Carlos sobre Sierra Pelada. Solemne pero no fúnebre, el momento tensó las emociones; pudo llevarnos a la tristeza, sí, pero también a la belleza. Y resultó natural, porque se dio continuidad física al vínculo que ya tenía Carlos con ese lugar del mundo. Sierra Pelada es parte, quizás la más importante, del legado tangible que nos deja Carlos, porque todo hubiera sido diferente allí sin su decisivo compromiso.

Y muchos de los que estábamos en ese acto, que hemos participado de su voluntad conservacionista, somos ahora otra parte de su legado. Carlos deja además esta otra herencia, la funcional, que ha de mantener viva su memoria y ser continuadora de su obra. Su vínculo vital con Ándalus y Fundación Bios es un referente para los que estuvimos a su lado y lo será también para el que quiera acercarse a todo cuanto hizo y a todo cuanto fue.

Pasó este 7 de enero de extraño cariz hermoso que ojalá nunca hubiese llegado. Y en el que aprendimos que el triple legado de Carlos, el afectivo, el tangible y el funcional, es su vínculo definitivo con nosotros. Definitivo e imperecedero.

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In memoria de Carlos Segovia